Escondite

El de Corinna, el elefante y el maletín, también es el del bastón, los yates y la Zarzuela. El de por qué no te callas, lo siento mucho me he equivocado no volverá a ocurrir. Cuando un rey se disculpa ante los ciudadanos (antaño súbditos) pierde la sangre azul y la inmunidad, queda pendiente la inviolabilidad. Pendiente de fiscales que le avisarán si tiene que volver o no, volver a su país a declarar. Hubo colas cuando declaró su hija (recuerdo que dio trece pasos, del coche a la puerta del juzgado, dio trece pasos su hija cuando dijo que no sabía de los negocios de su marido que ahora está detenido). Los republicanos se alegran pero las demás monarquías también tienen crisis, y las repúblicas también. Todos tenemos crisis. Todos tenemos de qué disculparnos, y poco sabemos de negocios. Ni maletín usamos. A la reina emérita se la ve más relajada. Igual ya se ha reconciliado con la nuera, y disfruta con los nietos. Todas las familias felices son iguales, las infelices lo es cada una a su manera, escribió Tolstoi. Nos encantan los líos de cama, y los de familia, los ajenos. Los ricos también lloran, heredan y desheredan, huyen a países desconocidos, con seguridad nacional. Cuánto ha llovido desde el 23 F. Cuántas canas, operaciones, caderas rotas. Los octogenarios saben mantener nuestra atención, como niños grandes. Los niños rompen juguetes y les compramos más. ¿Si has desviado/prestado/ocultado más de cien millones de euros, qué esperas que hagamos contigo? Si fuera un juego, te has escondido, cuando te encontremos nos deberás una prenda. No es un juego.

Las mascarillas y el sexo

Criticábamos el uso del burka porque atenta contra la libertad, por su ocultamiento, porque creemos que hay que dar la cara. Descubrirse, mostrarse de frente, y además nos sentimos más seguros si vemos el rostro completo del otro. De hecho, las barbas ya nos resultan a los occidentales algo sospechosas, dudosas (a Rajoy se las hicieron recortar por cuestión de imagen, no fuera a parecerse a los talibanes). De afeitarnos y depilarnos, de tanta desnudez, hemos pasado a ocultarnos tras la mascarilla. Por motivos sanitarios, no religiosos, ni morales, aunque se aproveche la sanidad para moralizar (esos jóvenes, el que coja el virus algo habrá hecho…). Como animales de costumbres, supervivientes como especie, vamos cogiéndole su encanto, nos pintamos, maquillamos o afeitamos menos, vamos apartando el desvelamiento y empezamos a entender la sensualidad del guante de Gilda, el erotismo de una rodilla oculta. La imaginación trabaja mucho más a partir de una sonrisa solo sugerida, de unos labios que suponemos carnosos, de una mirada que prolongamos en la dirección del deseo. Bajo la mascarilla nos espera un mundo por descubrir, una cara desconocida, una piel que evocamos suave, la carnalidad que aguarda el ritual de una desnudez lenta, cálida, higiénica, saludable. El amor de la piel sobre la piel, del boca a boca, de la respiración compartida, el susurro, el soplido cómplice, el roce amistoso, cuando respirar tan cerca es un regalo, el premio merecido, el labial renacer.   

Ahora todos parecemos guapos. Algunos ya no querrán desenmascararse.

El virus del amor

Dicen que cada vez sabemos más del virus. Parece que no. Los datos hablan solos. Cada vez nos despista más. Si nos contagiaran nuestros enemigos, lo tendríamos controlado. Como en las guerras. Ya no usamos ese símil, porque asumimos que el enemigo lo tenemos en casa. El fuego es amigo y los contagios vienen de seres cercanos, queridos. Quien más te quiere, te puede contagiar. Dime a quien te acercas y te diré a quién contagias, así piensan los rastreadores. Pero el virus es un sabueso que solo descansa a la espera de que bajemos la guardia. Que bajemos un poco la mascarilla para hablar con conocidos, que toquemos a los cercanos, que abracemos, besemos, tosamos, soplemos, riamos y ahí está al acecho, viajando de cuerpo en cuerpo, viajando gratis, es un okupa que deja huella ahí donde vegeta. Como sedentario, duerme en habitaciones cálidas y bien ventiladas, como nómada cambia de hábitat con tal facilidad que ya ha dado la vuelta al mundo y aún le quedan billetes, tiques, bonos, entradas. Le ha gustado esta excursión y quiere ampliarla para todo el año, ya tiene reservas para el próximo y desde su hamaca, con el gin tonic y la camisa floreada, nos contempla como la mosca que revolotea al otro lado del cristal y queremos capturarla sin abrir la ventana. Nos sentimos como pececitos que confunden medusas con bolsas de plástico. Acabamos perdonando a los políticos tanta inoperancia porque en nuestro equipo de waterpolo nadie sabe nadar, porque nuestros tenistas son mancos y nuestros corredores, cojos. Como no vemos al enemigo, pensamos que hemos entrado en un mundo de ciegos. Pronto añadiremos a la mascarilla, gafas de sol. Con que se le ocurra a un presidente autonómico, ya podemos fabricar millones. Y cintas para la nariz, y audífonos para oírlos mejor. Caperucita supo lo negra que es la noche cuando entró en la boca del lobo. Bajo la nieve nada es blanco. Si el calor no lo mata, esperaremos al tiempo gélido. Mientras tanto guardaremos en la cesta el gel con un poco de paciencia y de prudencia. Mientras llegue el cazador para rescatar a la abuelita, comamos en manteles rojos pero individuales. El bosque seguirá tan verde como lo imaginemos y el amor esperará desinfectado. Libre de virus, pon amor.

Bares

Una ciudad sin bares es una ciudad triste.

Reducir la economía a la hostelería,

es como no distinguir entre el paraguas y la lluvia.

En la Edad Media se encerraban en las iglesias a rezar contra las epidemias. Se morían casi todos.

Ahora nos encerramos en celebraciones en bares y restaurantes. Y aumentan los contagios.

Cuando un político autonómico decide que hay que llevar mascarilla siempre, los demás lo secundan. Por si acaso, con o sin argumentos sanitarios.

Suspensión

En un mundo de caricias sospechosas

miramos para otro lado si se cruzan las pupilas,

guardando distancia más que por seguridad por miedo.

Los roces, los besos, tu respiración, los labios carnosos, la sonrisa

dibujada en tu rostro cómplice, todo se ha suspendido

como si el aliento fuera sospechoso y mi atención contagiosa.

Cuelga de los recuerdos, ropa tendida que nunca se secará,

slips húmedos y bragas por usar, calcetines desparejados.

En el tendedero, danzan las pinzas agrupadas por colores y tamaños,

bailes de madera y plástico, muelles destensados aburridos

de abrir y cerrar, descansan en el cesto huidizo de la memoria,

en la sinrazón enmascarada, en la servidumbre que espera

la inmunidad de rebaño como quien mira fijo al cielo

en plegaria contra la sequía y se lastima los ojos porque la lluvia y el sol

solo se reconcilian en presencia del arcoíris.

Responsabilidad

Si te descuidas, entras en fase 4 cuando ya habías vuelto a la fase 2 sin haber pasado por la 3. No es fácil estar al tanto de tantos cambios. Es más difícil que cruzar a la pata coja por la pista de los autos de choque. Nunca había habido tantas normas. Nunca habían durado tan poco las normas. Los más controladores están de enhorabuena. La palabra más citada es responsabilidad. La falta de responsabilidad ajena. Qué fácil es decirlo. Como si los virus fueran los padres que premian o castigan. Con la sanidad se acaba moralizando, como con todo. Además de coger el virus, te van a llamar inmoral, irresponsable, inconsciente. Si al menos te llamaran asintomático.

Fuera de juego

Unos pasean solos, lejos de la gente, con mascarilla. No se contagian, pero respiran mal.

Otros, se juntan sin mascarilla (en bares y terrazas). Dicen (como excusa para beber) que es para ayudar a la hostelería. Ponerse la mascarilla, ni se lo plantean (están convencidos de que los virus no entran en los bares).

Los políticos, con y sin mascarilla, se acercan, se tocan, se abrazan. Ellos, siempre a lo suyo.

Millonarios

Como tienen fama de democráticos, decidieron contagiar a varios millonarios. Estos, se plantaron. Decidieron no pagar más impuestos. A los virus les dio igual. La mala fama ya la tenían.

Otros millonarios:

Un grupo de multimillonarios pide pagar más impuestos. Es una noticia de ayer, pero como va a parecer una broma, no sigo escribiendo.